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Publicado por Pablo en 21

martes, 8 de julio de 2014

Publicación de Antología I Concurso de Relatos Cortos Policíacos de Letrasconarte

Publicada la Antología del I Concurso Relato corto Policíaco de Letrasconarte, en el que participo. De los más de 1600 microrrelatos propuestos, la editorial ha recogido en sus páginas entre ganadores, finalistas y seleccionados historias variopintas. Os dejo con la portada, y el microrrelato titulado "Elvira". Disfrutad.

                                        

Elvira


Elvira sabe ser una mujer bien puesta, con la mirada algo furtiva, pero encantadora en sus movimientos de cadera, muy femenina, sensual. Sabe por dónde comenzar, atar cabos, coser deslices, girar la tortilla, y enamorar por el estómago con sus dotes culinarias. Sabe dejar cada cosa en su lugar, todo impoluto. Ninguna señal de carmín en el vaso o cuello de la víctima. Los enamora a primera vista. Sabe que decirles. Que hacer. Se adentra en sus mentes con cierta agilidad. Busca lo más íntimo en sus más profundos pensamientos. Extrae los dígitos de seguridad de la caja fuerte, y los desmantela en cuestión de minutos. Elvira sabe aprovechar los momentos. Piensa. Hace. Actúa, con sigilo, cierta gracia, y un valor de narices. Elvira es excepcional lleva un pañuelo de algodón en el bolsillo derecho, donde guarda el arma agresora, de apenas un palmo. Se ciñe el vestido dejando entrever su escultural cuerpo, de sonrisa angelical emerge el encanto que cautiva.  A Benancio lo intoxicó con un plato de suculentas setas silvestres. Murió a los dos días. Luciano más liviano acabó estrangulado sentado en su silla frente al televisor. A Romualdo le dio un ataque al corazón dos minutos después de verla tocar el timbre de su casa. Andrés, el panadero acabó preso de sus redes el día que se la cruzó de forma fortuita, según comenta en comisaría. No sabe que aquello fue premeditado, ni acierta a ver que al final quien amasó el pan no fueron sus manos. No recuerda como perdió el reloj de oro, ni siquiera cuando acabaron en la cama. Él atado de pies y manos, junto a una nota; “perdona, tengo prisa. Nunca he disfrutado tanto de un encuentro.” A pesar del mal a Andrés le queda esa sonrisa maliciosa que desvía a la noche lujuriosa de la que ni siquiera recuerda si fue real, y que tanto desea volver a repetir, aunque la muerte le pise los talones.

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